El Universo, una humilde interpretación


Alguna vez traté de imaginarme el universo como algo indefinible e infinito. Tantas son las maneras de imaginárselo, pocas e insuficientes las palabras para describirlo.

La lectura de cierto  autor y sus sueños: Sus loterías de azares perpetuos, sus bibliotecas de libros infinitos, sus historias de argumentos eternamente divisibles; marcaron en mí al rojo vivo la idea de la infinitud del tiempo y una estructura del universo ramificado indefinidamente hasta el vértigo.

 

Sea justo denotar también la influencia que ejercieron en mí las paradojas de Zenón de Elea, a cuyos dilemas insolubles me introdujo invariablemente la lectura de este cierto autor.

 

Era pues ineluctable el camino que mi imaginación habría de tomar.

 

La incertidumbre, más bien la necesidad, se me presentó una fría tarde de tempestad con el impacto de una gota de lluvia en la frente.

 

Se me ocurrió de repente el siguiente contrasentido:

 

Dos amantes se encuentran en una habitación. Sosteniendo los dos la firme intención de decidir cuál será su alternativa de diversión para la noche, se muestran complacientes al adjudicar el poder de decisión sobre el ser amado. La contradicción se presenta al querer los dos lo mismo: la ejecución de la voluntad del otro. El hombre, o la mujer, plantea el problema: “Yo, deseo hacer lo que tú quieras hacer; pero al tú querer hacer lo que yo quiera hacer, me veo irrevocablemente obligado hacer lo que yo quiera hacer; pero si tengo invariablemente que hacer lo que yo quiero hacer, me vería haciendo lo que tú quieras hacer, aun cuando esto implique hacer lo que yo quiera hacer”. De esta manera, queda suspendido el problema sin solución aparente.

 

 

La voluntad de la mujer implica la ejecución de la voluntad del hombre y de igual manera, la voluntad del segundo depende irrevocablemente de la primera. Quedan así pues la elección, como en un espejo que refleja a otro espejo indefinidamente hasta el infinito.

 

Utilizando la estructura de este ejemplo, creo yo poder imaginar al universo en sí mismo como una paradoja.

 

Se me antoja este como una casa, en cuyo interior hay varias habitaciones, y dentro de cada habitación se desarrolla una de estas contradicciones. Tenemos así pues en uno de los dormitorios la paradoja de los amantes, en otro, la paradoja de la dicotomía, que ya Zenón de eneas la imaginó muchos años atrás, en otro está la de Aquiles y la tortuga; con la diferencia de que la cantidad de habitaciones es infinita, y es más, cada una de estas habitaciones, con sus respectivas paradojas, están concatenadas a cada una de las demás habitaciones formando así una red sin fin de lazos neuronales de gran complejidad. El número de conexiones no tiene límite, así como no tiene límite la dificultad de tratar de entenderlas todas; la única alternativa es imaginar el universo en toda su grandeza; e inclusive para este cometido la imaginación se queda corta.

 

Debemos conformarnos pues con simples representaciones.

 

 


 

 
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